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La zona de confort

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Ideas, ideas, ideas

Quizás es lo único que realmente producimos los humanos. Lo demás lo transformamos. 
Así que cuando Concha Ruiz, mi Concha -de Entorno Social y Natural-, me dijo "vamos a hacer tormenta de ideas para pensar actividades para los pueblos", me puse con ella a llover ideas. 
Algunas resbalaron y se fueron por el desagüe, otras no. Es lo habitual en las tormentas de ideas. Para eso se hacen, con la intención de no ser selectivo al principio, sino más bien al final.

De las muchas ideas que tuvimos una de las que quedó fue hacer escape rooms con finalidad didáctica. 

¿Habíamos diseñado algún escape room antes? No. Pero quién dijo miedo. Vámonos de paseo fuera de la zona de confort.

Dibujando los pasos

Un escape room es una ficción en la que tomas parte. No hay más.
Tienes que intervenir para resolver un misterio y que el final sea bueno, a riesgo de fallar y no resolver.
Para que la historia sea interesante ha de estar llena de retos, pruebas y giros que hagan posible la implicación de los asistentes.
Y eso requiere no solo contar la historia, sino retorcerla y que deje de ser lineal.

Además de las narrativas, de contar verbalmente lo que ha de pasar en cada fase, necesitamos un mapa. Porque cada fase tiene su prueba, su pista, su caja, su narrativa, su misterio... Y es mucha información que necesita verse no solo de manera secuencial, sino también distribuida. Que permita hacer recuento de materiales necesarios, entender el flujo de recorrido del usuario, dónde necesita detenerse y dónde ha de rebuscar. La coherencia no es lineal.

Concha y yo nos dedicamos varias mañanas a escribir, trazar flechas virtuales, pegar post-it y colocar contenedores en Miro para dejar organizado el recorrido. He aquí el mapa mudo del escape room, que me parece especialmente estético.

Y no fue primero la narrativa y luego el mapa, no. Todo fue creciendo a la vez, como tiene que ser, porque hasta que no lo vimos no lo narramos del todo. 

De nuevo imagen y palabra van de la mano. 

La apoteosis

La siguiente fase fue preparar los materiales. Desde puzles a candados numéricos, pasando por las pistas, las fichas, encontrar el atrezo que daría la ambientación...

Hicimos una única prueba de distribución, para hacernos una idea de cuánto rato tardaríamos en montar y cuánto espacio íbamos a poder ocupar. 

Y llegó el día. El viernes 3 nos subimos a Coscojuela de Fantova -incluyendo paradita para abrazo en Hoz de Barbastro- y montamos el tinglado. Concha no sé, pero yo estaba bastante nerviosa. ¿Habremos hecho bien las pruebas? ¿Será aburrido? ¿Será demasiado complejo? ¿Dará tiempo? ¿Se implicarán los diez integrantes de cada grupo? 

A las seis y poco empezó el primer grupo. La actividad se desarrolla según lo esperado. Vamos viendo pequeños ajustes por hacer (una llave demasiado fácil de encontrar, una zona algo confusa que aclaramos con una hoja de calendario...). El siguiente grupo empieza a las siete, y también todo sale según agenda. Lo mismo: ligeros ajustes, llaves que precisan mejor escondite... Las iteraciones comienzan en el momento en el que tu proyecto se pone en marcha.

Cuando el tercer grupo acaba confirmamos: ha salido bien. Ha salido genial. Ha sido muy intenso y divertido. Así que recogemos los bártulos (que no eran pocos) y nos vamos cada una a nuestra casa con una sonrisa de oreja a oreja. 

Por el camino vimos un corzo comiendo junto a la carretera. ¿Sería una señal?

Epílogo

A la hora de escribir estas letras Concha y yo aún no hemos hecho el post-mortem, para hacer la valoración de la actividad. Yo alguna conclusión ya he sacado: si he de salir de paseo fuera de la zona de confort, mejor con una amiga. 

A todo esto no te he contado de qué va el escape room: las redes de distribución de alimentos se han visto afectadas por las crisis climáticas, y por culpa de las guerras del petróleo solo podemos encontrar comida a 25 kilómetros a la redonda. Así que tienes que buscar los ingredientes que salvarán al Somontano de la hambruna. 

Intenso, ¿verdad?

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